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El camino del amor o el camino de la soledad, ¿tú cuál eliges?

Se nos cuenta en la Sagrada Escritura, en el Evangelio de Jesús (cf. Jn 2, 1-11) que se celebró una boda en Caná de Galilea y la Madre de Jesús estaba allí (v.1), al presentarse una dificultad, ella estaba atenta y pide a su Hijo con toda la fe que sí él pone su mano, el problema se verá resuelto y todos seguirán la fiesta (v.3). María no duda y nos deja el mandamiento trascendental de nuestra devoción a ella, nos pide obedecer a Jesús (v. 5).

Hoy, hace muchísima falta la fe en todos los seres humanos, el consumismo, la corrupción y el egoísmo ha llevado a todas las personas a ir camino del abismo existencial. Es muy escaso encontrar gente que se sienta satisfecha con su vida, con el trabajo y sus propias circunstancias. Se vive entonces un ambiente de desasosiego permanente, un devenir sin norte ni sentido. Es como quién se asoma por una ventana y verá tantos transeúntes que van y vienen; mientras permanezca mirándoles, puede ser que no se distinga a ninguno, en otros casos que, aunque le parecen familiares es imposible saber al mismo tiempo hacia dónde van y de dónde vienen.

Otra de las tantas necesidades del ser humano de hoy es la de sentirse acompañado por algo o por alguien. Parece paradójico pero la soledad es el caso que más ésta acompañando hoy a la gente, se sufre por falta de reconocimiento, hay profundo dolor ante la ausencia de amor y de acogida.

Me atrevo a decir que la solución para tener paz en el alma, para tener una vida con sentido, es comenzar a verlo todo con los lentes de la fe. Cuando se abren las puertas de la vida a los corazones de Jesús y de María todo es colmado por estas dos presencias tan efectivas en la vida del creyente.

No hacen falta experiencias espectaculares o de gran magnitud para tener el encuentro con Jesús el Señor, quién se dispone a encontrarlo jamás volverá a ser igual, de seguro la soledad, la soberbia y el desasosiego ya no serán una carga. Al contrario, todo se verá iluminado por la claridad de aquel se nos ha manifestado, quién ha proclamado de sí mismo, “Soy la luz del mundo” (cf. Jn 8,12).

Y junto a Jesús acompaña la vida del Cristiano la presencia amorosa de María siempre Virgen, la mujer del sí rotundo a la Divina Voluntad, aquella que sin dudar ha firmado a Dios el cheque en blanco para que en su vida se manifieste la divinidad del Hijo. En Caná nos da el mandamiento de obedecer a Jesús (cf. Jn 1,5). Ella es el camino seguro para llegar a disfrutar de la redención que nos ha traído el Cristo.

La vida universitaria, la vida laboral y familiar tiene mucho que ver con la fe. Llevamos la misión trascendental de transformar vidas, pero a menudo se nos ha recordado que “nadie da lo que no tiene”. Cómo decidirme a transformar a los demás si aún yo no he dejado que en mi corazón reine Jesús como Señor. A quiénes iré si yo no me decido todavía por una vida conforme al Evangelio, qué profesionales daré a la patria sí yo mismo desde mis labores no me he convertido en testigo viviente de la obra de Dios en aquellos que se deciden por su amor misericordioso.

Cómo seré una hoguera del Amor de Jesús y de María si aún corrijo a mis hermanos y hermanas con desdén, sin respeto por sus sentimientos, creyendo que siempre tengo la razón aun cuando en el espejo de mi interior vea otra verdad.

Decidirse a tener los sentimientos de los Sagrados corazones es caminar sin miedo, es tener la seguridad que Dios me ama con amor eterno (Jr 31,3), es entregarme completamente al servicio del hermano que se siente sólo, pobre y abandonado porque en él está el rostro viviente de Jesús.

La plenitud del ser no está en cuántas cosas tienes, sino en cuánto amor entregas.

 

Oliver Ossa

Profesional de Pastoral e Identidad Misional

Vicerrectoría Regional Eje Cafetero.


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