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Acercarse a las sagradas escrituras es vivir la experiencia de un Dios que habla

«Ama la Sagrada escritura y la sabiduría te amará; ámala tiernamente, y te custodiará; hónrala y recibirás sus caricias. Que sea para ti como tus collares y tus pendientes»: San Jerónimo.

Cada septiembre la Iglesia presta una especial atención y devoción a la Biblia, debido a que ese mes está dedicado a las Sagradas Escrituras, en memoria de san Jerónimo, un padre de la Iglesia del siglo V, quien tradujo la Biblia del griego y hebreo, al latín.  

Es frecuente que, en las instituciones educativas, las parroquias, los institutos bíblicos y otros lugares, se realicen actos donde se entroniza la Biblia; pero, dedicar una especial atención y/o devoción a las Sagradas Escrituras, va mucho más allá de poner en un lugar físico, digno el texto sagrado.  Una especial devoción a la Sagrada Escritura consiste en descubrir y vivir bajo la convicción de que es el mismo Dios quien habla y se ha querido comunicar al género humano.  

En la Constitución Dogmática Dei Verbum del Concilio Vaticano II, se dice que Dios, en una disposición amorosa de su sabiduría, quiso revelarse a sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad a los hombres (DV 2), es decir, en una salida de amor, Dios se hizo cognoscible para que el hombre participe de su divinidad.

Por tanto, la Biblia, más que un libro o conjunto de libros que narran la manera en que el pueblo de Israel y la comunidad cristiana captó el acontecer de Dios en la historia, es la experiencia viva de fe de un Dios invisible que quiere darse a conocer. De un Dios que habla y «se regocija en la parte habitable de la Tierra, y tiene sus delicias con los hijos de los hombres» (Prov. 8,31).

Es entonces claro para los creyentes que Dios se comunica, y, esto, es la base racional de lo que se llama «Revelación».  Dios tiene un propósito, como ya se ha expresado: darse a conocer a él mismo y su misterio de salvación, pero, para tal fin, se hace fenómeno, a causa de que el hombre no puede conocer por sí mismo la intimidad de Dios.

Por tal motivo, Dios, en su puro amor, se deja captar por los sentidos humanos; se manifiesta; se hace un sujeto capaz de comunicación; es decir, de comunicarse y de recibir la comunicación de los hombres.  Los padres conciliares del Concilio Vaticano II definieron que:

Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación. 

Podría decirse que la Sagradas escrituras son un poema de amor que sale del corazón divino hacía el corazón humano, para elevarlo a la divinidad; para llenarlo de plenitud; para deificarlo.  Esto de que las Sagradas Escrituras son la experiencia del Dios que habla, del Dios que se revela, pone al ser humano ante un bellísimo y admirable misterio: Dios no se complace en su mismidad sino en estar con la humanidad, en compartir su vida con todos.  

Tan dotado de hermosura es este misterio del Dios que se comunica, que quiso hacerse carne y habitar entre nosotros, como lo canta el prólogo del cuarto Evangelio.  El Dios Palabra, no es un Dios encerrado; es un Dios que da vida por medio de su Palabra; que se acerca, y lo hace de forma estable y firme; duradera para siempre.

Hoy día, el acercamiento a las Sagradas Escrituras se ha relegado a un ejercicio de conocimiento de las generalidades de esta y, si bien es cierto, se ha avanzado en los métodos de interpretación de esta, también hay que reconocer que se ha perdido el amor por la Sagrada escritura —o más bien, la mística para escuchar a ese Dios que habla— y por hablar con ese Dios que recibe mi comunicación.  

Los creyentes no pueden perder el amor por la Palabra del Señor; san Jerónimo, a quien, al clausurar el mes de la Biblia, la Iglesia celebra, siempre ante la Palabra de Dios se preguntaba: «¿cómo era posible vivir sin la ciencia de las Escrituras, a través de las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?» (Epístola 30,7).  Por ello, el contacto con las Escrituras es esencial para la vida del creyente. Mucho más para quienes con su vida quieren continuar y completar la de Jesús, como lo enseña san Juan Eudes.

Hay que buscar la voz de Dios. Hay que buscar su comunicación. Hay que acercarse a la Biblia, no solamente para hacer la lectura de un texto, sino para escuchar a Dios y para que su Palabra sea la norma de la vida; lo que mueva la existencia. N o entrar al interior de la Palabra de Dios y a su misterio, con una simple curiosidad. S se necesita ser capaz de inclinarse ante el rostro descubierto del Dios de Jesucristo, que ha sido revelado por la Santa Escritura.  Tener contacto con las Sagradas escrituras debe ser para el hombre un significante privilegio, pero, de manera especial, debe ser un compromiso de vida, pues las acciones, virtudes y palabras que allí se encuentran, especialmente las más santas que guiaron la vida y obra del Maestro, deben ser guía para todos los cristianos. Es decir, que cada ser humano que se adentre en el misterio de Dios, revelado en el acontecer del pueblo y de la comunidad cristiana, está llamado a revelar con sus acciones, pensamientos y obras, la Palabra de Dios, que, como diría el profeta: no vuelve vacía a la boca del Señor, sin antes haber cumplido su voluntad. 

Que, como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, nos renovemos y rejuvenezcamos en la Palabra de Dios —que no envejece ni se agota jamás—, para que, de esta manera, movidos por la acción del Espíritu, caminemos siempre hacía la verdad plena: Jesucristo nuestro Señor. Y permaneciendo en Él, y escuchando la voz de su Padre, podamos dar fruto dulce y abundante, y, así, glorificar a nuestro padre, Dios.

P. Leonard de Jesús Vega, CJM


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