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Las cuatro velas

Cuenta la historia que cuatro velas se estaban consumiendo lentamente. El ambiente estaba tan silencioso que se podía oír el diálogo entre ellas.

La primera dijo: ¡Yo Soy la Paz! A pesar de mi Luz, las personas no consiguen mantenerme encendida. Y disminuyendo su llama, se apagó totalmente.

La segunda dijo: - ¡Yo me llamo Fe! Infelizmente soy inútil para las personas, porque ellas no quieren saber de Dios, o de un ser superior, por eso no tiene sentido continuar quemándome. Al terminar sus palabras, un viento se abatió sobre ella, y esta se apagó.

En voz baja y triste la tercera vela se manifestó: ¡Yo Soy el Amor! … No tengo más fuerzas que quemar. Las personas me dejan de lado porque solo consiguen manifestarse para ellas mismas; se olvidan hasta de aquéllos que están a su alrededor.

Y también se apagó. De repente entró una niña y vio las tres velas apagadas.

¿Qué es esto? Ustedes deben estar encendidas y consumirse hasta el final. Entonces la cuarta vela, habló: - No tengas miedo, niña, en cuanto yo esté encendida, podemos encender las otras velas. Entonces la niña tomó aquella vela, la vela de la Esperanza, y encendió nuevamente las que estaban apagadas.

La historia anterior puede ayudarnos a recordar por medio de la cuarta vela el sentido del tiempo de adviento. Estas cuatro semanas que preceden la Navidad nos vinculan inmediatamente con una de las virtudes teologales denominada la esperanza que según el catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 1817 “Corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad”.

En este orden de ideas, cada familia cristiana, cada estudiante, docente y colaborador de la Corporación Universitaria Minuto de Dios tiene en su corazón esta virtud como una disposición interna y estable otorgada en el corazón por la gracia de Dios para animar su vida en todo momento y circunstancia. Cuando la Iglesia cristiana católica celebra el adviento entonces es consciente de un tiempo de espera y un tiempo de preparación apasionados por la venida de su Señor que trae las promesas de Dios.

La Palabra de Dios en el antiguo testamento presenta muchos pasajes sobre la esperanza relativa a la venida del Señor, por ejemplo, el profeta Isaías expresa: “Decid a los cobardes de corazón: ¡Sed fuertes, no temías! Mirad a nuestro Dios que va a venir a salvarnos” (35,4). En el nuevo testamento el Evangelio según San Marcos en el capítulo 1, versículo 3 se afirma: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”.

Por lo tanto, la espera y la preparación van de la mano, pues lo más justo sería esperar a alguien con una debida preparación porque de esta manera le estamos rindiendo homenaje con nuestra disposición lo que manifiesta que quien llega es importante para nosotros, si esto lo trasladamos al campo de la espiritualidad entonces cuando celebramos estos cuatro domingos, antes de la fiesta del Nacimiento del Hijo de Dios, alistamos el cuerpo, el alma y el espíritu para hacer una experiencia significativa del nacimiento de Jesús.

Pero que significa alistar el cuerpo, el alma y el espíritu para entrar en la presencia del que ha de venir y que la Iglesia canta diciendo: ven, ven, ven, ven a nuestras almas Jesús ven, ven, ven”, significa que debemos abrir de par en par nuestro ser para dejarnos penetrar por la Palabra y la Gracia de Aquel que tiene la fuerza y la sabiduría de ayudarnos a orientar nuestras vidas por senderos de justicia, paz, perdón, amor y solidaridad.

Ya decía el mito de la caja de pandora “la esperanza es lo último que se pierde” aunque en esa historia tiene otro sentido, para la Iglesia la esperanza nuestra es Jesucristo que nos revela el amor del Padre y la Fuerza del Espíritu Santo. Estamos llamados a llenar nuestras vidas de la presencia del Salvador para poder gritar como el autor del salmo 23 "Aunque pase por quebradas oscuras, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo con tu vara y tu bastón, y al verlas voy sin miedo."

La historia termina diciendo que las otras velan volvieron a la vida porque la luz de la esperanza las resucitó. Es así, que la esperanza tiene una excelsa finalidad y es iluminar, reconfortar y levantar a todo ser humano o comunidad que se encuentra en la cañada oscura de la vida. Jesucristo sembró la esperanza de un Dios que no castiga, sino que ama eternamente a sus hijos y a través de Jesús nos recordó que aunque hemos pecado tenemos vida por el Hijo y que hemos sido perdonados por el sacrificio del Unigenito del Padre.

La esperanza cristiana, como dice el Papa Francisco en el numeral 117 de su exhortación apostólica postsinodal “amoris laetitia” Se hace presente en todo su sentido, porque incluye la certeza de una vida más allá de la muerte. Esa persona, con todas sus debilidades, está llamada a la plenitud del cielo”. En este orden de ideas, un corazón encendido por la esperanza siempre cree que las personas pueden cambiar y en cuanto a Dios espera confiadamente que las promesas van llegar.

Entonces, el adviento como preparación para la llegada espiritual de Jesús, nos invita a botar la basura que hay en el cuerpo, en el alma y en el espíritu con tal de adornarnos con el vestido de gala para entrar en la comunión con Dios. Hacer compromisos concretos pero profundos de perdonar, de justicia, de caridad, libera nuestro ser del egoísmo y permite entrar en la atmosfera del cielo. Sembrar esperanza en nuestros equipos de trabajo, crear ambientes de fraternidad y trabajar con la actitud de que las personas y las cosas pueden mejorar es recordar que Dios puede escribir derecho en líneas torcidas y que saque algún bien de las cosas que no aparecen tan bien.

Finalmente, la época de adviento nos invita a recordar el pasado debido a que celebramos la primera venida del Señor. Vivir el presente porque la esencia de la vida cristiana se encuentra resumida en el aquí y el ahora y anhelar el futuro porque esperamos su segunda venida. Cuidemos nuestra fe y como dice la cuarta vela desde que haya esperanza tanto la fe, el amor y la paz volverán a nacer. Después del adviento déjate contagiar por la magia de la navidad cuya época es la más hermosa de todos los tiempos litúrgicos de la Iglesia porque el Dios Hombre y el hombre Dios habito entre nosotros y hemos experimentado su gloria.

 

P. Oscar Orjuela

Capellán-Vicerrectoría Tolima-Huila


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