Editorial

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Una actitud de misericordia desde San Juan Eudes, un santo para nuestro siglo

En este mes de agosto celebramos 340 años de la glorificación de nuestro fundador San Juan Eudes, y con él conmemoramos la riqueza espiritual que heredó a la Iglesia a través de la Congregación de Jesús y María y las hermanas de la Caridad del Buen Pastor, quienes se han constituido en hijos espirituales y grandes difusores de la inagotable riqueza espiritual del Corazón de Jesús y María.

En estos 340 años, San Juan Eudes aún nos sigue hablando en nuestro tiempo, de manera especial, en esta época llena de incertidumbre y desesperanza por causa de la Pandemia, y que cuando se tiene la oportunidad de releer la historia, encontramos la oportunidad de descubrir un aprendizaje espiritual que nos permite entender nuestro hoy. Permítanme volver 393 años atrás, cuando Juan Eudes recién ordenado sacerdote vivió la peste que azotó la Normandía (Francia) de 1627. Allí, el joven Eudes enamorado de su misión y siendo consciente que su vida debía ser “otro Cristo sobre la tierra”, emprendió con corazón grande y ánimo decidido un cuidado por los enfermos atacados por la peste. Él mismo dirá: “abandonado de todo socorro espiritual (…) me concedió el permiso (el padre de Bérulle) y me fui a vivir donde un buen cura de la Parroquia de San Cristóbal, quien me acogió caritativamente en su casa. Celebrábamos la misa cada día, luego ponía yo unas hostias consagradas en una cajita de hojalata que se encuentraban en el fondo de mi baúl e íbamos enseguida a buscar a los enfermos, los confesábamos y les dábamos el Santísimo Sacramento” (Memorial OC. XII, 107).

La práctica de la misericordia siempre estuvo en el ejercicio de las misiones de San Juan Eudes, fue característico en su predicación y en la construcción de su cuerpo doctrinal. Sus amplios horizontes apostólicos manifestaron este gran carisma por los más débiles y menos favorecidos. Es por ello, que el testimonio de San Juan Eudes nos habla hoy, invitándonos a tener una actitud de misericordia, y cuando hablo de actitud, me refiero a un modo de vida que se oriente a cuidar y velar por el otro, en su dignidad de hijos de Dios. Una actitud de misericordia siempre responderá a una postura, no sólo corporal sino también emocional y espiritual, es disponer y disponerse a que la gracia de Dios actúe a través de él, es una acción sin medida, en donde el amor se constituye en el centro transformador de cualquier realidad.

La actitud de misericordia configura la vida del cristiano, ya que la actitud está moldeada por lo que el Santo le llamó las virtudes, que no es más que los estados y misterios de Jesús en su infancia, en su vida pública y en su pasión. Es por ello que, el cristiano de hoy debe asumir la actitud de discípulo que suplica al Maestro que sus virtudes se impriman en su corazón y así responder con una palabra y una acción de esperanza en medio de una cultura de la indiferencia y de la muerte. No basta con ser bautizado y decir que se es cristiano, se necesitan discípulos en salida que expresen esa “actitud de misericordia” trabajando por los pobres y desamparados, para que se cumpla en ellos la palabra del Señor: “Si lo hiciste con uno de estos pequeños, también lo hiciste conmigo” (Mateo, 25,40).

Para que la actitud de misericordia tenga importancia en la vida cristiana, esta debe ser ejercitada en cada momento de la jornada diaria, a través del ejercicio de su compromiso bautismal,  leer asiduamente la Palabra de Dios, orar  y meditar las enseñanzas de los padres de la Iglesia, vivir una experiencia sacramental que le haga consciente de la presencia de Dios en su vida, encarnándose en la realidad mediante la práctica de las obras de misericordia, pedir Espíritu Santo en cada momento de la vida y amar a la Iglesia y a la Santísima Virgen María. Cada vez que el cristiano realiza cada uno de estos actos, tiene a su vez una extensión de la vida de Cristo, llegando a formarlo totalmente en su vida. Sólo así podrá decir las palabras del apóstol: “Ya no soy yo quien vive, sino es Cristo quien vive en mi” (Gálatas 2, 20).

Dejémonos impregnar por la vida de este santo, quién nos sigue hablando con su testimonio y riqueza espiritual, haciéndolo vida en cada uno de nuestros días. Oremos con San Juan Eudes con la siguiente oración:

“Corazón de Jesús, el Padre de las Misericordias y Dios de todo consuelo al darme a Jesús me ha dado tu Corazón para que sea mi corazón: ama por mí todo lo que debo amar y de la misma manera como Dios quiere que yo ame. Escúchame, Corazón hoguera de amor. Es una humilde brizna la que te pide, con humildad y encarecimiento, verse abismada, absorbida, perdida, devorada y consumida en tus sagradas llamas para siempre” (oremos con San Juan Eudes, 163).

 

P. Jaime Salcedo, CJM

Director de Pastoral e Identidad Misional