Editorial

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Retos y Desafíos de la Educación Superior

Estamos viviendo y siendo testigos de las transformaciones profundas que ha traído la denominada Cuarta Revolución Industrial y no solo desde lo que refiere a la remodelación de los sistemas económicos de producción y del mundo del trabajo, sino también desde el ámbito político, cultural y social, donde cambian paradigmas en la forma como nos relacionamos, actuamos, pensamos, nos comportamos. 

 

Cuando hablamos de la Cuarta Revolución Industrial, nos referimos a las tecnologías emergentes como la Inteligencia Artificial, el Blockchain, el Big Data, el Internet de las Cosas, la Automatización y la Robótica, que están cambiando la manera de hacer las cosas y de vivir en el mundo contemporáneo, e irán surgiendo más y más elementos que harán parte de esta Revolución, para sorprendernos y maravillarnos, para llevarnos a otro estadio de cómo concebimos el mundo hoy en día, porque el futuro ya llegó, y apenas nos percatamos de los desafíos que esta avalancha de cambios supone, y supondrá para la humanidad; en particular, para la educación superior, acorde con las nuevas realidades del mundo, de las comunidades, de los territorios y de los individuos.

Adicionalmente, y en nuestro contexto nacional y latinoamericano, nos enfrentamos a la necesidad imperiosa de aumentar el acceso y cobertura de la educación superior y su financiamiento, con calidad y enfoque inclusivo; a la formación integral competente, y a la vez humana; a la articulación del sistema de educación superior con los sistemas que lo anteceden y complementan, para facilitar así, el tránsito por el ciclo formativo, la actualización de competencias y de conocimientos, y el reconocimiento de saberes previos; a la internacionalización de la comunidad universitaria y el desarrollo de competencias interculturales para conectar lo global con lo local y viceversa; a la pertinencia en el desarrollo de las funciones sustantivas debido a los cambios producto de los avances de la ciencia y la tecnología, para que las Instituciones de Educación Superior seamos protagonistas con mayor firmeza de estos procesos innovadores, y a la transmisión efectiva y ágil a la sociedad del nuevo conocimiento generado o existente, mediante un relacionamiento eficaz, enriquecedor y bidireccional con diferentes actores; todo ello con el fin de incidir en el mejoramiento de las condiciones de vida, en perspectiva de sostenibilidad, y en el marco de la responsabilidad social universitaria que debe marcar nuestro quehacer. Es fundamental entonces ser conscientes de la necesidad de medir y evaluar el impacto que tenemos en los procesos de enseñanza-aprendizaje-evaluación para desarrollar competencias, en la ampliación de las fronteras del conocimiento y/o a su aplicación exitosa a problemáticas sociales y ambientales, y en los resultados de los diferentes servicios de extensión universitaria, como tercera misión de las Instituciones de Educación Superior en Colombia, para potenciarlas, generando sinergias que nos transformen como sector.   

Es por ello que se plantea que “las funciones sustantivas de la educación superior deben redefinirse y estructurarse en la operación universitaria como una unidad integral, de tal manera que el docente enseñe lo que investiga, el alumno aplique lo que aprende, el entorno regule los fines educativos, y la educación superior ofrezca nuevos conocimientos, que como alternativas de solución, implemente nuevos campos profesionales, que eleven las condiciones de bienestar social-laboral (Didriksson 2008)”[1].

Así las cosas, transitaré por algunos de los retos que la sociedad del conocimiento y el contexto actual imponen a la educación superior sin hacer distinción particular de las funciones de docencia, investigación y proyección social; ello constituye ya en sí un desafío, debido a que como Instituciones de Educación Superior debemos favorecer la continua convergencia, articulación e integración de estas funciones sustantivas, en un ejercicio armonioso que elimine los límites que hemos trazado para su administración y gestión.

Es evidente que el mundo del trabajo está cambiando, y la educación será fundamental para mantenerse vigente. La implementación de sistemas de Inteligencia Artificial y de Automatización y Robotización en diferentes sectores económicos está desplazando cada día más a la fuerza laboral, en especial, empleos que involucren actividades físicas repetitivas y las que se dan en ambientes predecibles. Es así que la educación debe responder desde ya a un nuevo conjunto de competencias para este mundo cambiante, donde prime la generación de valor agregado, y preparar para nuevos trabajos que aún no existen. En varias publicaciones recientes, se señala que la educación debe redoblar esfuerzos en el desarrollo de competencias relacionadas con el pensamiento crítico, innovador y creativo, el trabajo en equipo, la toma de decisiones, la resolución de problemas complejos, la programación web, y la compresión y análisis de datos, todas desde componente laboral; pero aún más importante, involucrarse en la generación de capacidades de liderazgo y de comunicación oral y escrita, en habilidades del tipo socioemocional, como la resiliencia, el autocontrol, la confiabilidad, la orientación al logro, la sociabilidad y la empatía, además de la capacidad de adaptación, de actualización permanente, de reinventarse.

Se interpreta entonces en este nuevo paradigma de la educación, que las nuevas tecnologías nos vuelcan a ser más humanos, a rescatar las disciplinas que conforman las humanidades para ir más allá de las necesidades de formación, conocimiento y producción del ámbito científico y tecnológico, para conducir por un tránsito de eras mediante un diálogo intergeneracional constructivo y fluido, que conlleve a redefinir las nuevas relaciones del mundo cultural, social, político y económico, permeado por la tecnología, pero con un sentido ético, que legitime la existencia humana por encima de las máquinas, y con un accionar activo por el cuidado del medio ambiente.

Esto lleva a una reflexión que tiene cabida en las Instituciones de Educación Superior y en sus ecosistemas, sobre la pertinencia y flexibilidad de los currículos y al reconocimiento de las competencias desarrolladas en un mundo distinto al académico, la adopción de modelos y estrategias disruptivas en la pedagogía y en la didáctica, el rol docente en los procesos de enseñanza, aprendizaje y evaluación para armonizar los distintos tipos de inteligencias y la multiplicidad de aprendizajes que convergen en el hecho educativo, en la hibridación de la educación que fluctúa entre la presencialidad y la virtualidad y al fomento de la capacidad individual de asumir las riendas del aprendizaje para generar con todo ello, mentalidades innovadoras, creativas y emprendedoras, con competencias técnicas cognitivas de alto nivel, para la inserción al mundo laboral, combinadas a su vez, con habilidades socioemocionales necesarias para promover la movilidad social, siendo éstas más transversales. Es preciso señalar que estas habilidades constituyen en sí, una ventaja humana con respecto a los avances de las tecnologías convergentes como la biotecnología, la nanotecnología, las tecnologías de la información y la comunicación, la ciencia cognitiva, la inteligencia artificial y la robótica.

Otro reto emerge de esta mirada al mundo de hoy, el cual está representado en la integración y aprendizaje de los nuevos medios de comunicación e información en los programas educativos; estamos en una sociedad mediática en donde todo el sistema educativo debe orientarse hacia una mejor comprensión del lenguaje tecnológico, las nuevas relaciones entre la comunicación y el poder, su función cultural y política, y hacia la incorporación de estos medios en el aula de clases o los espacios académicos, sincrónicos o asincrónicos de interacción formativa. Es cuando la educación debe incorporar ahora más que nunca las tecnologías disruptivas, en todos sus ámbitos, procesos propios y de gestión, independientemente de la modalidad o metodología, duración y nivel del programa, para desarrollar permanentemente competencias digitales en un ciudadano digital, hiperconectado e insertado en un mundo globalizado que, desde una perspectiva crítica, contribuya a la formación de una nueva racionalidad cultural comprometida con los valores universales.

Para atender las demandas que representa en el sistema educativo los cambios en los paradigmas de las personas, la sociedad y los sistemas productivos, no es suficiente ajustar nuestros procesos institucionales, aquí se presenta otro desafío, y es la necesidad apremiante de rediseñar y flexibilizar el modelo educativo, que favorezca el aprendizaje continuo, individual y personalizado, y no masificado, acoplado a lo cotidiano, pero con una mirada desde la tecnología, sin perder el valor de lo humano. 

Como el trabajo está cambiando gracias a la Cuarta Revolución Industrial, cada vez es más importante trabajar en red y casi imposible hacerlo en forma aislada; ello demanda invertir más en las personas, - y aunque paradójico en una era de industrialización - la supervivencia y subsistencia de las instituciones radicará más en el talento de sus miembros, de su formación, atracción y constante renovación, que en la absorción de la tecnología en sí; adicionalmente, las redes permiten acelerar la transferencia de tecnología y la optimización del uso de recursos, siendo evidente como la universidad puede cumplir adecuadamente este rol integrador que le facilite al estudiante y al egresado adaptarse a las demandas del mercado, esto sin mencionar la necesidad de crear redes entre educadores que habiliten el intercambio de experiencias, metodologías, técnicas, recursos y herramientas, y así, enriquecerse,  a partir de otras experiencias en una época altamente tecnológica, y caracterizada por la inmediatez.  

Es en el marco de la integración de las funciones sustantivas que, como Instituciones de Educación Superior, requerimos de un cambio radical de nuestra cultura interna y de un ajuste estructural de nuestros modelos de gestión, donde el estudiante y el profesor sean los focos de atención para el desarrollo integral de las competencias, con un alto componente orientado a la solución de las problemáticas sociales y ambientales de las comunidades, e incorporando estos aprendizajes, y los resultados de la investigación con enfoque social o situada, a los programas y contenidos curriculares y al fomento de la investigación básica, científica y formativa.

Los retos son enormes, y la urgencia de cambio ineludible para nosotros como responsables de la educación, para cerrar las brechas entre los estudiantes y los avances de las tecnologías emergentes, teniendo al docente como un protagonista que debe redefinir su rol; de esa educación para la vida, para los adultos en sociedades que envejecen, para la transformación de las realidades en un mundo donde las fronteras entre lo humano y lo tecnológico se van disipando, tal y como esos límites entre las funciones sustantivas de la educación superior deben desaparecer; de lo contrario, estamos poco a poco condenados a ser sustituidos por otros agentes que respondan a estos desafíos, a las demandas de la sociedad actual, con mayor eficiencia y eficacia que las Instituciones de Educación Superior.