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¡Aprender a reconocer los talentos de los demás!

 

"Aprender a reconocer los talentos de los demás!

P.  José Angel Carrillo Gómez, cjm

 

Una de las cosas que más nos detiene en el camino espiritual es la envidia. El rey Saúl sintió envidia cuando vio que las danzarinas cantaban “…Saúl mató a mil y David a diez mil…” (1 Sm 18:7).

“…irritóse mucho el Rey y le disgustó el suceso…y desde aquel día miraba Saúl a David con ojos de envidia…” ( 8-9).

Es necesario que no caigamos en la trampa de la envidia. Por el contrario, hay que aprender a darle al César lo que es del César… (cfr. Mc 12:17).

Por otro lado, los que sean víctimas de la envidia podrían acogerse a las palabras del salmista “…tenme piedad Señor ya que me ponen trampas, me pisan todo el día los que me acechan, innumerables son los que me hostigan en la altura…” (Salmo 56, 2-3).

Miremos que, en el caso de Saúl, ya que no le puso freno al defecto de la envidia, quería ir más allá, quería asesinar a David.  ¡Santo Dios! A dónde nos puede llevar este terrible defecto. Qué mejor sería aceptar con gusto los talentos que el Señor les ha dado a nuestros hermanos. ¡Qué bonito es cuando nos podemos regocijar con los éxitos de los demás!

La envidia es tan terrible que se convierte en un monstruo de competencia en las empresas, por ejemplo. Hay empleados que no pueden ver que los demás progresen y les ponen trampas o los denuncian con mentiras ante los jefes.

Me pregunto si eso mismo puede estar sucediendo al interior de nuestra Iglesia.

Una clave para responder a este interrogante puede ser la propuesta que le hizo la mamá de los zebedeos a Jesús acerca de poner a sus dos hijos en puestos privilegiados en su Reino (cfr. Mt 20:20-23). Parece ser que desde la Iglesia primitiva existía el deseo por parte de algunos cristianos de “ocupar los primeros puestos” en medio de las comunidades.  Esa sed de poder perdura hasta nuestros días y se nota incluso entre los ministros laicos. Claro, hay grandes excepciones también especialmente por parte de aquellos que están interesados solamente en servirle al que, siendo Dios, se hizo Siervo y Siervo sufriente (cfr. Is 53).

La pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse es ¿he sentido envidia de alguien que ha sido ungido por el Señor como lo era el rey David? Si la respuesta es afirmativa tengo que pedirle al Altísimo que me dé la gracia de alejar ese monstruo de mi vida porque de lo contrario, al igual que Saúl puedo llegar hasta el colmo de desear el mal o la muerte para esa persona. ¿He querido ser siempre el número uno al igual que el rey? ¿Soy de aquellos que no les gusta que se hable bien de los demás? ¿Estoy celoso de que el Señor le tenga estima a alguien?

Es importante recordar cómo el Señor reprende al mismo Pedro cuando éste un poco inquieto por la presencia del discípulo amado le pregunta acerca de él, especialmente porque los viene siguiendo de cerca pero no quiere meterse en la conversación del Maestro con el primer Papa pues es prudente; a lo cual el Señor responde a Pedro reprendiéndolo por su actitud y le deja a entrever que no se meta en la vida de nadie y que más bien se preocupe por seguirlo (cfr. Jn 21:20-22).

Ojalá que el Señor no nos sorprenda incluso tratando de ser más que él mismo que es nuestro Maestro. Puede ocurrir que queramos robarle su gloria cuando pensamos que si somos algo es debido a nuestros propios méritos. Se hace obligatorio entonces tener como slogan de nuestro actuar diario la frase de Juan Bautista “…es necesario que él crezca y que yo disminuya…” (Jn 3:30).

 

Oremos con san Juan Eudes:

Señor, ayúdame a entender que yo no soy único en el mundo y que tengo hermanos con talentos a quienes has bendecido también con tu amor y tu misericordia. Te pido hoy por todos aquellos que con su manera de ser me impulsan a seguirte. Ayúdame a entender que la vida no es solo competencia y deslealtad, sino que el verdadero valor de la vida se mide por la capacidad de valorar y ayudar a mis hermanos, Amen.