Atrás

¿Podemos bailar delante del Señor?

 

¿Podemos bailar delante del Señor?

Catéquesis

P.  José Angel Carrillo Gómez, cjm

 

Muchas veces nos preguntamos por qué nos cansamos tan fácilmente cuando oramos. Nos viene la pereza, el sueño, y los bostezos que son signo de que también nos da hambre. Todo esto sucede especialmente cuando caemos en una oración rutinaria y fría.

El rey David se alegró cuando recuperó el arca de la alianza de las manos de los filisteos que la habían capturado cuando el pueblo de Israel se había alejado de Dios y especialmente, los hijos del sacerdote Elí, cuya conducta no agradaba del todo al Señor (ver 1 Sam 2:12-36).

“…se hizo saber al rey David que Yahveh había bendecido la casa de Obededom y todas sus cosas a causa del arca de Dios. Fue David e hizo subir el arca de Dios de casa de Obededom a la ciudad de David con gran alborozo. Cada seis pasos que avanzaban los portadores del arca de Yahveh, sacrificaba un buey y un carnero cebado. David danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante Yahveh ceñido de un efod de lino. David y toda la casa de Israel hacían subir el arca de Yahveh entre clamores y resonar de cuernos…” (2 Sam 6:12-15).

Este pasaje del libro de Samuel nos muestra como el Rey David danzaba para Dios con toda su alma. Lo hacía porque estaba sumamente agradecido con Dios por todos los beneficios recibidos. He aquí una alternativa para que nuestra oración de alabanza sea más efectiva. Claro, es de entender que no todos estamos dispuestos a bailarle a Dios pues no todos tenemos las mismas disposiciones; sin embargo, es bueno entender que el cuerpo también tiene un lenguaje y puede ayudarnos a expresarnos delante de nuestro Dios. El hecho de levantar las manos, de mover nuestro cuerpo o de aplaudir mientras cantamos es mal visto por muchos, incluso dentro de nuestra misma Iglesia. A veces se les tilda de fanáticos-sentimentalistas. Sin embargo, creo que es una alternativa que hay que contemplar y respetar.

Al rey David no le daba pena cantarle y bailarle al señor con todas sus fuerzas porque estaba feliz y expresaba su gozo para con el Señor de esa forma. Claro, también fue criticado. Nos cuenta la Escritura que Mikal que estaba mirando por una ventana y quien había sido dada como esposa a David por parte del rey Saúl, lo despreció en su corazón porque lo vio dando semejante espectáculo (2 Sam 6:16). Sin embargo, David, a pesar de todo, seguía danzando y se gozaba en el Señor. Posteriormente el rey se acerca a bendecir su propia casa, pero Mikal le recrimina diciéndole que cómo es posible que se rebaje de esa forma descubriéndose como un cualquiera ante el pueblo. El rey le dio a entender que él no se arrepentía y que incluso seguiría bailando para el Señor pues estaba alegre porque el Señor lo había constituido caudillo de Israel y era quien iba al frente de sus tropas en las batallas. (2 Sam 6: 20-22).

Es curioso que Mikal después de esa recriminación que le hizo al rey quedó estéril y ya no pudo tener más hijos (v. 23).

¿Será que esa va a hacer la misma suerte que van a correr los que critican a los que se alegran con el Señor?

Hay un santo Franciscano del siglo XVI, san Pascual Baylon. Baylon no porque bailaba sino por apellido. Tenía un amor grande a la eucaristía y su corazón bailaba de amor frente al Santísimo Sacramento. De hecho, fue declarado patrono de los congresos eucarísticos. Podríamos decir que santos como este son los David de nuestros días. Necesitamos muchos pascuales en nuestra Iglesia hoy, que vibren de amor por la presencia de Jesús en el arca de la nueva alianza (el sagrario).

El rey David nos deja el legado de alegrarnos por la presencia de Dios así como se alegró el bautista, cuando en el vientre de su madre saltó de gozo (Lc 2:44).

A veces nos encontramos más fríos que el hielo cuando nos acercamos a Jesús en la oración. Una buena idea es pedir la intercesión de san Juan Bautista para lograr tener los deseos y sentimientos necesarios para poder alegrarse con la presencia del Señor. Es importante pedir el don de la alegría interior a pesar de las circunstancias adversas de nuestra vida. Nos sentimos felices cuando alguien nos invita a un paseo, a una comida o a una fiesta. ¿Sentimos esa misma alegría cuando nos invitan a una eucaristía o a una hora santa? Si no es así, es porque necesitamos pedir esa gracia de alegrarnos cada vez que tengamos cita con el Señor.

En la medida de lo posible, sería bueno cantar los salmos en la eucaristía. Probablemente Jesús cantaba y danzaba con los salmos de la Biblia. Era la costumbre de ese tiempo. Imaginémonos a Jesús danzando para su Padre celestial. ¡Qué maravilla!

Después de que el rey David terminó de bailar, bendijo al pueblo y les repartió pan, carne y uvas (v. 19). ¿No se asemeja eso a la celebración de la eucaristía hoy en donde se comparte el pan y la sangre del Hijo del Hombre? ¿No son las uvas prefiguración de la consagración de su sangre a través del vino que se sirve en la mesa?

Después de que compartimos el pan y bebemos la sangre de Jesús, el pan sobrante se coloca en el tabernáculo. Allí queda Jesús en el silencio de esa celda para ser adorado por sus seguidores. ¿La pregunta es, oramos constantemente frente a esa arca de la nueva alianza? Si en el arca de la antigua alianza estaban las tablas de la ley y la vara de Aaron, en el arca de la nueva alianza (el sagrario), está la presencia real del que entregó su vida para que tengamos vida. El que va a encontrarse con Jesús en esa arca, recibe bendiciones, así como Dios en el antiguo testamente bendijo al pueblo de Israel con su presencia (v. 12).

Alabemos pues a nuestro Dios con tambores y cítaras y que todo lo que respire, alabe al Señor (Salmo 150). Igualmente alegrémonos y estemos de fiesta porque el Señor vive en la mejor arca que se ha preparado por todos los siglos… nuestro corazón.

 

Oremos con san Juan Eudes:

Madre, arca de la nueva alianza, enséñanos a alegrarnos con la presencia diaria de Jesús en nuestro corazón. Ayúdanos a buscar siempre su compañía y a preferirla antes que todas las diversiones del mundo. Que nuestro corazón vibre cada vez que estemos delante de la presencia real de Jesús en el sagrario o en la custodia y que podamos rendirle honor y si es posible y las circunstancias lo permiten, podamos bailar como David para aquel que hizo ese gran sacrificio para salvarnos y darnos alegría, Amén.