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Humor y Resiliencia en tiempos de pandemia

Por: Alberto Barreto, profesor de los programas de Comunicación Visual y Tecnología en Comunicación Gráfica, de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de UNIMINUTO Rectoría Bogotá Sede Principal.

Cuenta una célebre anécdota que el escritor español Pedro Muñoz Seca (1879-1936), prolífico autor de obras teatrales (y que incluso es el creador de un género literario, el astracán, que es la búsqueda de lo cómico en una obra apelando a cualquier recurso que nos lleve a reír), se encontraba ante el paredón al final de la Guerra Civil española a punto de ser fusilado por el bando republicano (las matanzas de Paracuellos, en 1936). Le permitieron, antes de morir, decir sus últimas palabras si así lo deseaba. Muñoz Seca, humorista en todo momento, le dijo al pelotón de fusilamiento: “Podéis quitarme mi hacienda, mi patria, mi fortuna e incluso— como estáis por hacer— mi vida. Pero hay una cosa que no podéis quitarme”.

- ¿Qué cosa? - le preguntaron.

“¡El miedo que tengo ahora mismo!”

Se dice que los soldados, que al final desafortunadamente dispararon, antes de cometer el fusilamiento le pidieron perdón por hacer lo que iban a hacer. Tan conmovidos estaban por la lucidez humorística en un momento tan difícil.

Esta anécdota es muy diciente de nuestra condición humana, temiendo las fatalidades pero usando nuestros recursos para defendernos y sobreponernos a las vicisitudes. En estos tiempos tan increíbles de pandemia, donde como sociedad buscamos las mejores prácticas para protegernos y mitigar el impacto, reflexionar un poco sobre el humor como mecanismo de defensa vale la pena.

Muñoz Seca hizo del humor y de la risa su material de trabajo e incluso su actitud vital. Su pensamiento encaja en un lo que algunos filósofos han llamado como “la teoría del optimismo”: “Tenemos zapatos, medicamentos, derechos civiles. Tenemos cantantes, teléfonos móviles, menús del día. Tenemos lotería, parejas sexuales, corbatas finas. Tenemos lo que generaciones anteriores ni siquiera imaginaron. Tenemos (casi) de todo. Tenemos más que nunca. Tenemos tanto que no nos preocupamos por conservarlo. Tenemos lo que pensamos que nos hemos ganado. Y sin embargo, creemos que el mundo va a peor”, dice José María Robles en uno de sus artículos, preguntándose acerca de por qué el pesimismo abunda en medio de los privilegios que nos rodean.

Cada vez que alguien dice la manida frase: “es que el colombiano le saca chiste a todo…” cabe preguntarse en si esa manera de actuar es también un mecanismo de defensa. A esa capacidad de sobreponerse a las adversidades los psicólogos le han puesto ya un nombre: resiliencia. “La resiliencia es la capacidad que posee un individuo frente a las adversidades, para mantenerse en pie de lucha, con dosis de perseverancia, tenacidad, actitud positiva y acciones, que permiten avanzar en contra de la corriente y superarlas”, dicen E. Chávez y E. Yturralde, estudiosos de este fenómeno de protección mental.

El humor parece una de las posibilidades y salidas que brinda la resiliencia, y es probable que esa frase, “le sacamos chiste a todo”, se pueda haber convertido en algo de legítima identificación como signo representante de nuestra nacionalidad; una etiqueta que nos gusta portar para ser reconocibles ante el mundo como cultura de superación a toda prueba. ¿Será el humor ante la adversidad un rasgo particular que distingue al colombiano promedio frente al mundo? ¿Es un patrimonio heredado, la famosa malicia que le endilgan a nuestros antepasados indígenas?

En medio de la telaraña pesada y densa que es el caudal de noticias alarmantes y agobiadoras, surge entonces el humor como forma de expresión de una sociedad que le cuesta hablar de sus dolores internos, que le pesa demasiado la experiencia de vivir en un entorno urbano agresivo y que lo convierte en una especie de animal citadino que encuentra en el chiste y la ocurrencia un remanso para sobreponerse a las cosas que le acontecen, y que se suma a las que oye que le pasan a otros. El humor aquí es un escudo. Un barco flotando, un salvavidas que no nos deja hundir con la podredumbre de las tragedias, desfalcos, asesinatos, corrupción. ¿Es el colombiano alguien que por naturaleza “le saca chiste a todo”? ¿Es una destreza adquirida para evitar el daño que produce el caudal de asuntos sensibles que nos atañen?.

Dice Jesús Martín Barbero (1937), en su libro De los Medios a las Mediaciones que “Las clases populares resistieron la dominación con su reacción, mezclando en ella su terco aferrarse a su cultura”. Esto encierra una de las claves de esta reflexión. La cultura popular, esa amalgama de saberes ancestrales y contemporáneos, se explica no solamente como un modo de técnicas para vivir y promover nuestras tradiciones y conocimientos, sino también como una forma política de respuesta a la trasgresión. Se convierte la cultura en una especie de catarsis para responder, algunas veces de manera contestataria, otras de modo sutil y hasta solapado, a la carga impositiva de las burguesías opresoras de ocasión.

Se comprende entonces el sentido político de la resistencia; de ahí que Barbero considere, a lo largo de su reflexión, que la cultura es el modo entero de vivir, y el daño profundo cuando agreden esa creencia demuestra que, al responder con cultura a la afrenta, la cultura es política y la política es cultura.

Una figura retórica que aparece muy cerca de las expresiones de humor como forma de protección mental en nuestra sociedad es el eufemismo. El eufemismo (que analógicamente es una especie de “vaselina social”) es un recurso usado por la sociedad como manera de explicar los fenómenos, metaforizar las situaciones y a veces de manera tan brillante que no parece tan malo el asunto que trata de disimular. Según el Diccionario Real de la Academia de la Lengua, Eufemismo significa: “Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”.

El eufemismo ha sido, indudablemente, un arma esgrimida por todos los bandos para suavizar sus actos o para añadirle sarcasmo en forma de crítica a los actos ajenos. Visto desde ahí, se convierte el eufemismo en una forma particular del humor. Un ejemplo de eufemismo es el caso de las llamadas “pescas milagrosas”, esa forma de secuestro extorsivo al azar practicado con prodigalidad por algunos grupos alzados en armas de nuestro país. La Fundación País Libre lo describe así: “Los guerrilleros escogen, entre quienes caen en sus operaciones en los puestos de control en carreteras, a personas con dinero a las que exigen el pago de rescate o a personas que pueden servir para sus propósitos políticos”. ¿Pesca milagrosa? ¿qué es eso? El primer referente es por supuesto la historia que narra la Biblia, donde Jesús, acompañando a un grupo de pescadores que han lanzado sus redes al agua sin obtener pesca importante, les pide que lo hagan de nuevo solamente confiando en su palabra. Lanzan sus redes otra vez obteniendo una pesca a la que califican de milagrosa porque desborda sus propios barcos. Hasta hace unos años había vendedores callejeros que se paraban en una esquina con una bolsa negra grande llena de pequeños paquetes que ofrecían a los transeúntes por un precio muy bajo para que se los compraran a sus hijos pequeños. Gritaban muy fuerte “pesca milagroooosa, pesca milagroooosa”, y uno emocionado metía la mano en la bolsa y sacaba al azar algún paquetico con la ilusión de coger la mejor sorpresa de la bolsa.

Cuando los guerrilleros usaban el término de pesca milagrosa para sus acciones evidentemente lo hacían basados de manera retórica comparando con estas historias, pero además, aparte de funcionar como símil de esos referentes, hay un componente de sarcasmo implícito, una dosis de humor negro producto de lo terrible de su delito combinado con la ocurrencia jocosa de llamarlo de esa manera, que resalta esa posibilidad tan especial del eufemismo.

Henri Bergson, filósofo francés y ganador del Premio Nobel de Literatura en 1927, ahonda en el proceso de investigación y reflexión del humor y produce una obra llamada La Risa. Bergson describe allí que el hombre se ríe de lo que parezca ser una deformación de sí mismo, una caricatura. Bergson entiende que “la risa es una proyección y una descarga de tensión emotiva ante algo que nos representa” (La risa. Ensayo sobre el significado de la comicidad, Henri Bergson).

Bajo este concepto, el humor y el eufemismo se entrelazan y forman una especie de descarga emocional que quizás alivie (y muchas veces en secreto) la potencialmente abrumadora carga de realidad. Sacarle chiste a todo (como buenos colombianos…) no solamente podría ser descriptivo de una sociedad, sino que la falta de ello podría degenerar en un problema de salud pública.

En estos tiempos de pandemia, mantener una actitud propositiva y con humor se ha convertido en un paliativo ante estas situaciones que nos retan como sociedad. ¿Es el humor una señal de buena salud mental? O más bien, al igual que en el uso del eufemismo, una manera de reírnos y disfrazar de manera ingeniosa nuestros problemas. Quizás las dos cosas. Eso bien lo sabe Pedro Muñoz Seca quien, a pesar de gozar de un humor ágil y punzante, signo inequívoco de su buena salud mental, tuvo que reírse y hacerle una broma más a ese destino vestido de pelotón de fusilamiento y así aceptar lo trágico del momento sin perder la brillantez de su mente resistiéndose a la brutal opresión contra la inteligencia.

Imagen suministrada por el docente Alberto Barreto. 

* Alberto Barreto es diseñador gráfico de la Universidad Nacional de Colombia, y Magíster en Comunicación y Medios de la misma.  Actualmente es caricaturista e ilustrador del periódico El Tiempo y del diario Portafolio, ilustrador y caricaturista en Educar Editores, y docente de los programas Comunicación Visual y Tecnología en Comunicación Gráfica en UNIMINUTO Rectoría Bogotá Sede Principal.