Economía, administración y contaduría

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La economía social y solidaria: análisis de sus desarrollos conceptuales y teóricos

 

Primer capítulo del libro "Una década de economía social y solidaria en Colombia. Análisis de la producción investigativa y académica 2005- 2015".

Indudablemente las expresiones de organización de lo que hoy denominamos economía social y solidaria, se manifestaron desde comienzos de la sociedad humana, con especial presencia en las antiguas civilizaciones (mesopotámica, egipcia, griega y romana, como también en las de Europa del Este, precolombinas y africanas), tomando formas particulares durante el Medioevo. Con el advenimiento del Renacimiento, una vez agotado el modo feudal de producción, se dio vía a un resurgir y renovación de esas antiguas asociaciones, proceso que fue racionalizado y orientado a través de las denominadas utopías sociales.

Sin embargo, en sentido estricto, las raíces de la producción teórica en torno a la economía social se remontan a 1830, cuando Charles Dunoyer publica en París su Nuevo Tratado de Economía Social y dicta un curso en Lovaina, nombrado como Economía Social; acciones estas que tuvieron como intencionalidad “dar cuenta de una particular economía política de raíz liberal” (Guerra, 2012, p. 4). Por aquella misma época, los fundamentos de esta economía se encuentran en el asociacionismo obrero del siglo XIX y las utopías socialistas de Robert Owen, Henri de Saint-Simon, Charles Fourier y Philippe Buchez.

Según Defourny (2003), las primeras referencias del concepto pueden encontrarse en Constantin Pecqueur (1842) y Francois Vidal (1846), quienes exaltan la asociación ligada a una intervención del Estado y su importante papel en la revolución de 1848.

 

Más tarde, esta tradición del concepto estará representada en Francia por Benoit Malón y su Tratado de Economía Social (1883), así como por Marcel Mauss, quien defiende una economía de socializaciones voluntarias.

Igualmente, se toman en cuenta las teorías de Charles Gide sobre economía política y economía social, a partir de sus obras Principios de economía política (1883) y Economía social (1905), complementadas por diferentes esfuerzos analíticos de la Escuela de Nimes, as cuales racionalizan la experiencia previa del cooperativismo inglés (formado a partir de la Sociedad de los Justos Pioneros de Rochdale).

 

También son de suma importancia las descripciones de los procesos de formación cooperativa en Alemania que se encuentran en las obras de Hermann Schulze-Delitzch y Wilhelm Raiffeisen; las primeras, de tendencia socialista, y las segundas, de carácter social cristiano.

Oscar Bastidas (2015) sintetiza estos primeros momentos de la economía social y expresa que esta, así como las organizaciones adscritas a ella:

 

…surgieron como respuesta a las fatales consecuencias de la Revolución Industrial. El Común, la gente, constituyó organizaciones socio-económicas y de autodefensa con bases asociativas como las mutuales, cooperativas y asociaciones mismas, abonando la construcción de un sector con identidad propia que los economistas del primer tercio del S. XIX denominarían Economía Social (ES).

 

Con respecto a sus desarrollos en el mismo siglo XIX, pueden identificarse varias corrientes doctrinarias o escuelas de modelo francés, reconocidas como socialista asociacionista; social-cristiana reformista; liberal y solidaria. En tales corrientes se aprecia la diversidad político-cultural en los orígenes de la economía social.

Sobre la primera escuela, puede decirse que la relación con la economía social no es muy fuerte y se manifiesta a través del socialismo asociacionista, por la influencia de este sobre el movimiento obrero internacional, el cual finalmente no vio en la mencionada economía una buena alternativa y solo algunos de sus militantes como Jean Jaurès y ciertos socialistas de origen belga (especialmente Emile Vandervelde, Edouard Anseele y Louis Bertrand) verán en la economía social un medio para mejorar las condiciones de pobreza y un instrumento válido para ejercer propaganda en favor del combate político. En este sentido, debe señalarse que esta escuela promueve sobre todo la cooperación en la producción.

En cuanto a la escuela social cristiana, su participación en el desarrollo de la economía social se hace evidente a través del pensamiento y la obra de Frédéric Le Play, para quien dicha economía comprendía las instituciones patronales y “las obras orientadas a establecer la armonía entre las personas que se asociaban de manera cooperativa y las que se dedicaban a conservar y a fortificar el espíritu de la familia” (Vuotto, 2003, p. 38), con lo cual muestra su aceptación de un cooperativismo reformista, aunque no revolucionario de la sociedad.

 

Para Le Play, la economía social surgió enfrentada a la economía política, siendo la primera la ciencia de la paz social y de la vida feliz, en contraposición a la economía política que es la ciencia egoísta de la riqueza.

 

En esta línea de pensamiento social cristiana se ubica también a Willhelm Fréderic Raiffeisen, conocido por la creación de las primeras cajas rurales de crédito en Alemania, lo que le valió el ser identificado como el padre del crédito cooperativo agrícola.

Por otra parte, al pensamiento de la escuela liberal se asocian el economista francés Fréderic Passy, en razón de la valoración que otorgaba al concepto de autoayuda; León Walras, en Alemania, por la importancia que concede a las asociaciones populares y porque desde una perspectiva comparativa define la economía social como la ciencia de la justicia social, frente a la economía política que la conceptúa como la ciencia de la utilidad social (Vuotto, 2003); igualmente se vinculan John Stuart Mill, en Inglaterra, por su apoyo al proletariado y a las agremiaciones de los trabajadores; Hermann Schultze, en Alemania, y Luigi Luzatti, en Italia, por su protagonismo en la creación de las cooperativas de crédito.

Por su parte, la doctrina solidarista, identificada también desde la Escuela de Nimes, que promueve la cooperación en el consumo, tiene como principal ideólogo a Charles Gide, para quien el espíritu solidarista tiende a la abolición del capitalismo y del proletariado, sin sacrificar ni la propiedad privada ni las libertades heredadas de la revolución.

 

Desde esta perspectiva, la ayuda mutua y la educación económica a través de la cooperación deben transformar al hombre (Monzón y Defourny, p. 7).

 

Un tanto en contraposición con el pensamiento de Le Play, Gide no es partidario de una clasificación separada de la economía social y la economía política. Él argumenta que ambas tienen permanente interrelación, porque los hechos que constituyen su objeto de estudio son los mismos.

Esta comprensión de Gide se observa también en Arturo Vainstok (1985), quien sostiene que “la economía social no se desarrolla y funciona como una realidad autónoma, extrapolada de las leyes generales que regulan el desenvolvimiento de la economía, la sociedad y el Estado, esta necesariamente condicionada por las reglas comunes del sistema vigente” (p. 15).

Según Gide, citado por Vuotto (2003, p. 41):

 

La economía social obedece al esfuerzo por perfeccionar el arte de vivir en sociedad y no se fía del libre juego de las leyes naturales para asegurar la felicidad de los hombres, aunque cree en la necesidad de una organización deseada, reflexiva, racional, conforme a cierta idea de justicia, organización que está en la base de todos los sistemas llamados socialistas, o incluso, aunque no lo reconozca del socialismo llamado científico. Y cuando pasa a la aplicación, dado que también existe una economía aplicada, no se preocupa únicamente de la riqueza y del beneficio, sino que estudia preferentemente estas relaciones contractuales, cuasi contractuales o legales, que los hombres forman entre sí, en vistas de asegurar una vida más fácil, un futuro más cierto, una justicia más benévola y más alta que aquella que lleva por emblema las balanzas del comerciante.

En términos generales, y pese a que estas inspiraciones doctrinarias puedan catalogarse como un tanto incompletas y carentes de homogeneidad, cabe anotar que de ellas surgen las estructuras con las que la economía social comienza a desarrollarse en el siglo XIX, en el contexto de una sociedad capitalista, reproductora universal del sistema de mercado, que consagra y asigna el poder económico a quienes tienen la propiedad privada sobre los medios de producción.

En este ámbito de surgimiento, los actores sociales son las clases obrera y artesanal, tanto de la ruralidad como de la urbe, de quienes puede decirse que actúan como “instrumento de defensa solidaria en el contexto del sistema económico capitalista vigente”, en el cual “La noción de servicio social organizado por la acción de asistencia mutua, con el único objeto del bien común, genera un universo económico diferenciado del contexto de la economía de mercado que opera en función de la ganancia óptima” (Vainstok, 1985, p. 24).

Te invitamos a leer el libro completo.


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