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¿Cómo no tener una cabeza de cartón? La historia del cabeza de cartón

 

 

 

 
 

Fragmento del libro Personas creativas, ciudadanos creativos, de Angélica Sátiro.

Querido lector:

Hace unos años, leí un artículo que escribió Paulo Volker, un filósofo educador. El artículo iba inspirado en una crónica de 1920, de un escritor brasileño llamado Joao do Rio (uno de los pseudónimos del escritor y periodista Paulo Barreto), primer traductor para el portugués de autores como Edgar Allan Poe, Oscar Wilde e Jean Lorrain.

En este artículo, Paulo Volker hablaba de un profesor cabeza de cartón. Era un artículo largo, profundo y que me impactó de manera definitiva. Posteriormente leí la crónica de Joao do Rio y seguí encantada con la historia de este personaje. Quedé tan inspirada por ambos escritores que me dediqué a transformar el argumento del artículo y de la crónica en un cuento que llevé a distintas conferencias, talleres y cursos, principalmente en España, a partir de 2002.

 

La historia siempre ha tenido un efecto muy impresionante. La gente que escuchaba el cuento se quedaba enganchada, impactada, reflexiva, de la misma manera que yo, cuando leí el artículo y supongo que de la misma manera que Paulo Volker, cuando leyó la crónica de Joao do Rio. Por la fuerza que tiene este argumento, decidí que este libro empezaría por el cuento que escribí inspirada en estos textos.

 

En una escuela llamada Cualquiera vivía un profesor llamado Anterior. Era una escuela común, como cualquiera otra donde a la gente le gustaba que todo siguiera normalmente y en la media, sin grandes extravagancias para menos o para más.

Al profesor Anterior se le miraba mal porque tenía unos comportamientos extraños: era asertivo cuando explicaba algo, pero antes de explicarlo siempre hacía preguntas a los alumnos sobre sus intuiciones y reflexiones, demostraba sentimientos y aceptaba la dimensión emocional de los alumnos, era innovador y creativo, vestía de un modo original, no necesariamente a la moda, tenía una manera muy peculiar de escuchar y dirigirse a los demás; sin contar que siempre estaba potenciando el diálogo entre alumnos y proponiendo retos para los cuales no tenían soluciones fáciles.

 

Y lo peor de todo: pensaba por su cuenta. Esta última característica le hacía pasar por varios malos ratos en la escuela: algunos compañeros de trabajo se molestaban con él, algunos alumnos no entendían su propuesta de trabajo y algunos padres de familia se quejaban de su metodología.

 

El equipo directivo llamó a Anterior para decirle que no debía actuar de manera tan excéntrica, porque podía resultar antisocial. Y le explicaron que, él debía ser un especialista aplicado y practicante de la pedagogía vigente. Como solo sabía enseñar con ganas de aprender, Anterior salió confuso de la reunión, pero aceptó el consejo del coordinador pedagógico y fue a pasear a un centro comercial. Le sorprendió encontrar allí una pequeña y antigua relojería. Entró en ella y le dijo al anciano que estaba detrás del mostrador:

 

— Además de relojes, ¿usted arregla cabezas también? 

— Las cabezas son como un reloj — dijo el anciano—, y para funcionar bien les convienen revisiones periódicas. Necesito 30 días para detectar el defecto y arreglarlo.

— Pero... ¿qué haré sin cabeza durante 30 días —No se preocupe, le dejo esta de cartón.

 

Así, Anterior salió con una cabeza nueva de la tienda. Y fue un éxito en la escuela Cualquiera: actuaba como todos y por eso no molestaba a nadie. Su vida social transcurría con tanta tranquilidad, que Anterior olvidó volver a la tienda al cabo de los 30 días. Y así pasaron años y años...

 

Un día, Anterior pasó por el centro comercial por casualidad, vio la tienda del anciano y le resultó familiar. Entonces, entró en la tienda y preguntó:

 

—Señor, ¿acaso dejé algo aquí y olvidé recogerlo?— El anciano le respondió: 

— ¡Por fin! Le esperaba desde hace años... Tengo aquí su cabeza. No he encontrado ningún defecto en ella. ¡Al contrario, es un modelo muy original y único! ¡Es una preciosidad!

— ¿De veras? ¿Dejé mi cabeza aquí? Pero es que me siento tan bien con esta... Vivo tranquilo, tengo dinero y la gente no me envidia, nadie me traiciona ni me rechaza cuando digo lo que pienso. La verdad es que ya no quiero mi cabeza, prefiero este modelo de cartón.

El anciano sintió mucha pena por Anterior al ver lo que le pasaba. Pero lo comprendió porque estaba acostumbrado a ver cosas raras. Guardó aquella cabeza brillante en una caja de cristal y no olvidó escribir: ¡Cuidado! Aquí yace una cabeza libre. Anterior había decidido no complicarse la vida con eso de pensar por su cuenta...

 

Pensando sobre la historia 

 

Alguien me dijo en uno de los congresos donde conté esta historia:

—¡Qué historia más pesimista! Esto no combina ni contigo ni con el mensaje que transmites sobre el desarrollo del pensamiento creativo.

Me gustó escuchar este comentario porque me ayudó a clarificar las razones de por qué la cuento y por qué la encuentro interesante. Veamos, todos nacemos con la capacidad de pensar creativamente, pero… no todos tratamos de desarrollar esta capacidad. Es más, “delegamos” esta capacidad a algunos pocos privilegiados que ponemos en dos categorías: “genios” o “artistas”.

 

Muchos de nosotros acaban portándose como nuestro personaje que prefirió la cabeza de cartón. ¿Y por qué será que pasa esto? Hay muchas razones que justifican este desperdicio del potencial creativo, pero la principal es que el sistema social y educativo esta “montado” para que haya una reducción de esta capacidad.

 

La manera como somos educados, en general, produce bloqueos psicológicos, sociales, lingüísticos, etc., que impiden el fluir de la capacidad creativa de cada cual. La historia del profesor cabeza de cartón es un ejemplo para pensar sobre esto. De hecho, la cabeza de cartón es un símbolo del bloqueo de la capacidad de pensar creativamente.

El personaje era solamente una persona común dentro de una escuela que también era cualquiera. Y aunque “normal”, era capaz de pensar por su cuenta, de ser original y de buscar otras maneras de pensar y de vivir; hasta que, por fuerza social, fue convencido que no debería seguir por ahí.

Podríamos decir que el argumento de este cuento está en concordancia con la frase: el hombre creativo no es un hombre común al que se acrecentó algo; creativo es el hombre común del que nada se sacó. Abraham Maslow. ¿Y por qué podríamos decir esto? Al profesor Anterior le sacaron su “cabeza brillante, libre, capaz de pensar por su cuenta”. Él mismo describió como “complicarse la vida” el hecho de pensar por sí mismo y de ser original. Mejor dicho, él anuló su potencialidad creativa de sí mismo al aceptar la cabeza de cartón y acostumbrarse a pensar con ella.

 

De niños, además de tener muchas preguntas, pensamos que hay numerosas posibilidades de respuestas para cada una de las preguntas. Pero..., cuando crecemos, además de dejar de preguntar, pasamos a creer que solamente hay una respuesta correcta para cada pregunta.

Somos entrenados para pensar así y una de las herramientas de este entrenamiento son los varios exámenes a los que hay que presentarse para probar (y aprobar) que “sabemos” ¡Esto es tremendo! Limitamos nuestra capacidad de investigar, de buscar alternativas, de abrir posibilidades con nuestras preguntas, de matizar la variedad de probabilidades de respuestas. Y, además de disminuir nuestra capacidad mental, incluimos algo muy negativo en nuestra autoestima: ¡pasamos a tener miedo de equivocarnos! Sentimos vergüenza, constreñimiento, miedo del error. Dejamos de explorar, de probar, de abrir porque tenemos miedo de fracasar, porque no queremos que nos digan que somos ignorantes, incapaces e incompetentes.

Y todo esto bloquea nuestra creatividad y nos hace comportar como si nuestra cabeza fuera de cartón, nos tornamos pasivos, dependientes y con una obediencia ciega y servicial a las normas vigentes... Sin contar, que, como el personaje, ya no queremos nuestra propia cabeza, es decir, negamos la necesidad del autoconocimiento, olvidamos nuestros talentos y posibilidades. Es una lástima que la ficción de este cuento sea algo tan cercano a la realidad...

 

Las prácticas educativas que destacan la reproducción de informaciones en perjuicio del incentivo al desarrollo de habilidades como imaginar, buscar alternativas, suponer o razonar analógicamente, bloquean el pensamiento creativo de las nuevas generaciones.

Cuando los grupos sociales no aceptan a personas que presentan otras perspectivas o modos de ver una determinada cuestión, de alguna manera matan una posibilidad de desarrollo de la creatividad grupal. Querer solamente una forma de ver/hacer las cosas implica la reducción del potencial creativo individual y colectivo.

 

¡Es inevitable! Cuanto más reducimos el margen del error, más reducimos las posibilidades de crear, de investigar, de descubrir, de inventar, de ir más allá, de generar nuevos conocimientos e interpretaciones de la realidad.

Esto es lo que vemos en La historia del cabeza de cartón, que muestra la existencia de fuerzas adversas a la capacidad creativa en el interior de nuestra propia cultura. Los líderes de la escuela advierten al personaje que podrá resultar “antisocial” si insiste con su actitud “creativa”. Ponerse la cabeza de cartón, aceptarla y quererla como suya, renegando de su verdadera cabeza, es bloquearse, es dejarse atrapar en el enredo social y comunicativo que impide la fluidez del pensamiento creativo.

La desechable y débil cabeza de cartón puede ser cambiada por otras más nuevas y a la moda, pero jamás podrán “funcionar” como el modelo original que permite a cada persona pensar por sí misma.

El libro "Personas creativas, ciudadanos creativos", se encuentra disponible en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, pabellón 3, stand 110, segundo piso, hasta el 06 de mayo de 2019.

 

Dirección de Mercadeo y Comunicaciones - Servicios Integrados.

 

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