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La otra justicia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

UNIMINUTO abrió sus puertas a quienes se encuentran entre rejas para que Jorge y sus compañeros encontraran "la libertad". Fue capturado como parte de una red que tramitaba licencias de vuelo.

 

Falta un minuto para las dos. Afuera, los andenes se llenan de sombras; miles de pasos que manosean las calles intentando devorar el tiempo del almuerzo, el espacio que los separa de la otra mitad de un día de clase.

Adentro, en un frío patio de paredes grises, unas sábanas colgadas en el tendedero se columpian mientras  rastros de sol acarician sus húmedas espaldas.

Es la única caricia visible de La Picota, una cárcel en la que, mientras las manos de unos se ocupan requisando, abriendo y cerrando rejas, las de otros tejen  hamacas con hilos de esperanza sindicada, lanzan dados en un tablero de parqués ante una suerte ya echada, o retuercen  ropa en un lavadero que no enjuagará la culpa. 

Veintidós pares de manos no hacen eso. Anudan corbatas,lustran zapatos y repasan pliegues de pantalón. Son algunos de los casi  trescientos hombres del  patio R2; exmilitares y expolicías, desde hijos hasta abuelos, sindicados de haber cometido algún delito.

Sus atavíos contrastan con las bermudas y pantuflas de bañistas sin piscina que desfilan habitualmente por el lugar en el que cada lunes parece domingo. Es el día de su grado. 

 

 

"La cárcel al transformarse en un aula, hace libres"

 

Padre Wilton Sánchez

 

Dos meses antes de recibir el diploma,  un edificio enorme con aulas llenas de estudiantes universitarios  aguardaba por estos reclusos al otro lado de la ciudad. Ante la imposibilidad de que llegaran por sus propios medios,  el edificio se levantó y caminó, con zapatos de maestro,  hasta el centro penitenciario. 

Abiertas las rejas, se abrieron los libros del diplomado "Justicia en la Biblia", del Instituto Bíblico Pastoral Latinoamericano, IBPL, de UNIMINUTO  y la fundación Caminos de Libertad.  El grupo de estudiantes,  católicos y protestantes,  se agruparon  en un pequeño salón de cuatro filas de pupitres clase turista.  

 

 Para ustedes, ¿Qué es la justicia? - Preguntó el padre Wilson,  capellán de La Picota.

 

Entre codo y codo, Jorge*, exsupervisor de la Aeronáutica Civil, intentó responderse.  Sobrevoló  sus sesenta y pico años de triunfos deportivos juveniles, avezadas horas como piloto,  instructor de aviación y empresario, que cayeron en picada el día que fue capturado, en 2013, por haber  ayudado, bajo instrucciones de su jefe dice, a gestionar los exámenes de unos pilotos.

 Se trataba de una  de una red que  tramitaba  licencias de vuelo de manera fraudulenta; una telaraña en la que se vio enredado, dice él, sin conocimiento. Con fuego en el pecho, sintió que justicia era lo que no habían hecho con él.

 "Ellos hablaban de sus propias injusticias. De la justicia que tenían que hacer con ellos. Que tenía que llegar y hacer pagar al verdadero culpable", cuenta Ivonne Méndez, teóloga y profesora del diplomado.

Elizabeth Rodríguez, colega de Ivonne, aclara que "la propuesta bíblica iba dirigida hacia cómo ellos asumían su responsabilidad.  Cómo a la luz de las escrituras encontraban sentido para sus vidas".

 

"Yo perdí todo el trabajo de una vida. Mi honra, te cuento, es lo que más me hace falta", dice Jorge, condenado a setenta y cuatro meses de prisión.

 

 "Esta experiencia me hizo aterrizar", piensa Jorge,  quien, tras el curso, y desde la casa de su madre, donde ahora  cumple arresto domiciliario,  tiene  otro concepto; uno que no aparece en los códigos penales.

"Desde la Biblia la justicia no es únicamente dejar algo como estaba, sino sinónimo del modo de obrar. No es cómo yo pago o no pago, o vivo de acuerdo al pasado, sino cual es el modo correcto de proceder de alguien", explica el padre Wilton Sánchez, director del IBPL.

Además de perdonar a quienes le hicieron daño y perdonarse a sí mismos,  Jorge pudo entender las razones que según él  Dios tenía al ponerlo al otro lado de lo que una sociedad llena de cosas ha llamado libertad.  

"Mis hijos no conocen el mar.  Era esclavo del trabajo. Me he comprometido más con mis hijos y con mi esposa. Yo era muy mujeriego, una persona desordenada", dice, y añade que la cárcel y el diplomado lo han inspirado a  darle coordenadas a la juventud.  "Les voy a dar espejos", señala.

 "Un papel importantísimo de la educación en el proceso de todo hombre es justamente ayudarlo  entenderse desde la realidad en la cual está", indica Ivonne. El padre Wilton concluye que "la tarea de una persona que ha cometido errores graves, lo importante, es que se convierta en un agente de vida".

 

Jorge, de todo lo que perdió ¿Qué es lo que más extraña?

 Mi honra, te cuento, es lo que más me hace falta.  Tenía mi apartamento, mis comodidades.   (La plata) es necesaria, pero no hay transparencia porque todo es muy competitivo. Se vuelve una rutina y nunca se busca la verdad, y la verdad es la palabra de mi Dios.

 

De vuelta al patio el día de grado, algunos terminan de armar una  improvisada mesa central.   Allí, la directora de proyección social de UNIMINUTO, Margarita Pérez, contempla, al otro lado de sus ojos, miradas de alegría y dignidad, cada vez que, uno por uno, los reclusos son  llamados por su nombre a reclamar el diploma.

Al tiempo, el padre Harold, entonces rector de UNIMINUTO Sede Principal, reparte hojas con la letra de la décima estrofa del himno nacional.  Esa que  termina diciendo "la independencia sola al gran clamor no acalla; si el sol alumbra a todos, justicia es libertad". 

Los  elegantes  graduandos no miran las hojas, como sí lo harán una y otra vez con su diploma; la inusual estrofa ha sido grabada para siempre, como todo lo patrio, en las neuronas tricolores de su  memoria militar.

 

 

 "Nosotros a veces preparamos muchísimo protocolo para una graduación; aquí uno se queda sin protocolo"

 

Margarita Pérez, directora de proyección social en UNIMINUTO.

 

Son casi las cuatro. Los  visitantes de UNIMINUTO deben irse ya.   A la semana siguiente estos profesores volverán  a ser los pies de la universidad hasta la entrada de La Picota, en los pasillos eternos de puertas y puertas, a los que se entra sin bolso, sin cédula,  sin billetera y sin nada material.

Saldrán con otros rostros,  historias y la gran dosis de esperanza de quienes prefieren llamar "cuarto" a su celda e insisten en preguntar en la primera clase "¿Qué pasa si inicio el diplomado y no lo puedo terminar si salgo libre?".

Pese a que muchos de ellos pasarán años aquí encerrados, esta es  la primera de varias  promociones de hombres que, despojados de su odio y de una  idea de justicia como sinónimo de castigo, ahora por lo menos tienen la llave de su propia libertad. 

(*) Nombre ficticio por solicitud del entrevistado.

 

Por Carlos Andrés Jurado Vásquez

cjurado@uniminuto.edu